Anuncios

ESPOSA DE DIÁCONO

¿MUJER QUE ESPERA DE LA IGLESIA?
LA MUJER EN EL SIGLO XXI

En un panorama mundial y nacional vemos que la sociedad ha favorecido a las mujeres para acceder a puestos mejor remunerados y a seguir los intereses laborales. También les ha permitido pensar en público y no sólo en la sala de la casa, a escribir y hacer circular lo que escribe. Les ha dado una voz con autoridad que les da la posibilidad de opinar, dirigir, saber, hacer poesía tanto como análisis financieros y decisiones de Estado. Ha sacado los cerebros femeninos del espacio vergonzante donde se pensaba y escribía a escondidas y en el tiempo “libre” para autorizarles a hacerlo frente a los demás y permanentemente. Hoy en día, prácticamente, no hay un ámbito social ni laboral donde la mujer no participe y descuelle. Y aquí surge una paradoja: por una parte, ganamos la libertad de ser lo mismo que la sociedad espera de los hombres, es decir, ser seguras y exitosas, pero sin dejar de ser lo que la sociedad espera de nosotras: ser atractivas y amorosas.

Sin diaconoymujerr
embargo, no podemos desconocer, que somos herederos de una historia de enormes condicionamientos, que en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a esclavitud. Esto le ha impedido ser profundamente ella misma y ha empobrecido la humanidad de auténticas riquezas espirituales.

LA REALIDAD DE LA MUJER HOY EN LA IGLESIA

En este panorama general reflexionemos ahora sobre el papel de la mujer en el ámbito de la Iglesia. Con la valentía de la memoria, miremos a través de su larga historia, cómo las mujeres han contribuido no menos que los hombres a su formación, engrandecimiento y estabilidad, La mayor parte de las veces en condiciones bastante más adversas, excluidas a menudo de una educación igual, expuestas a la infravaloración, al desconocimiento e incluso al despojo de su aportación intelectual. Muy poco ha quedado de este aporte que se pueda recuperar con los instrumentos de la historiografía científica. Por suerte, aunque el tiempo haya enterrado sus huellas documentales, se puede percibir su influjo benéfico en la linfa vital de las generaciones que se han sucedido hasta nosotros. Es lo que podemos considerar como una inmensa “tradición” femenina.

Sólo hasta después del Vaticano II, ha comenzado el rescate de la figura femenina en el ámbito de la Iglesia. Encontramos, por ejemplo, en el decreto sobre el apostolado de los seglares (Apostolicam Actuositatem), No.9, como se confiere gran importancia a la participación más efectiva de la mujer en los distintos campos del Apostolado de la Iglesia.

También, el documento de Puebla comenta varias veces las funciones de la mujer en la Iglesia (P 842-844). Exalta su contribución concreta en la evangelización (P 834) e incluso la posibilidad de que esta pueda recibir ministerios no ordenados (P 845), como en efecto ha sucedido en nuestros días. Aunque reconozca que algunas veces hubo insuficiente valoración de la mujer, y escasa participación de la misma a nivel de iniciativas pastorales (P 839).

En Santo Domingo, después de proponer a María como modelo de la evangelización de las mujeres latinoamericanas y de hecho evangelizadoras eficaces, como esposas, madres, religiosas, trabajadoras, campesinas y profesionales (SD 104), los obispos llaman la atención sobre posiciones radicales acerca de la naturaleza y la misión de la mujer y presentan la doctrina evangélica sobre su dignidad y vocación, resaltando su papel como madre, defensora de la vida y educadora del hogar (SD 105).

Sin embargo existen muchos críticos e inconformes que tachan a la Iglesia de “machista” y discriminatoria y abogan por la ordenación de mujeres como solución a la crisis vocacional.
Con mucha frecuencia, a nosotras las que hemos estudiado en el Diaconado, nos tientan con aquello de que merecíamos ser ordenadas tanto como nuestros esposos.

Frente a este asunto, vale la pena hacer un paréntesis y señalar cuál es la posición de la Iglesia; la postura del Papa es muy clara: ante la pregunta si la doctrina, según la cual la Iglesia no tiene la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, propuesta en la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, debe considerarse definitiva y perteneciente al depósito de la fe, la Congregación para la Doctrina de la Fe – aprobada por S.S. Juan Pablo II – responde afirmativamente y añade (el 11 de diciembre de 1995): “ Esta doctrina exige un asentimiento definitivo, dado que, fundada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de Dios desde el comienzo, ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal. Por tanto, en las presentes circunstancias, el Sumo Pontífice, en función de su propio ministerio de confirmar a los hermanos, ha propuesto la misma doctrina con una declaración formal, afirmando explícitamente lo que se debe considerar siempre, en todas partes y por todos los fieles, como perteneciente al depósito de la fe.” (DS 5041)

Por estas afirmaciones categóricas es que la Iglesia es, a veces, tachada de injusta y retrógrada. Será esto cierto? Veamos…

COMPROMISO DE LA IGLESIA FRENTE A LA MUJER

El tema de la liberación de la mujer de toda forma de abuso y de dominio es y ha sido para toda la Iglesia un compromiso de renovada fidelidad a la inspiración evangélica, el cual brota de la actitud misma de Cristo, quien, superando las normas vigentes en la cultura de su tiempo, tuvo en relación con las mujeres una actitud de apertura, de respeto, de acogida y de ternura. Vemos como Jesús, durante su vida terrena elevó, siempre, con palabras y actitudes la condición femenina: se mezclaba tanto con prostitutas como con extranjeras, ponderaba la generosidad de la viuda por su ofrenda y la fe de la canadiacononea. Acogía con el mismo amor, a la adúltera como a la hemorroisa y prefirió a la samaritana a los de su propia tierra para revelarle la posibilidad de adorar a Dios en espíritu y verdad, rompiendo así la discriminación litúrgica del pueblo judío hacia la mujer de ese tiempo.

De este modo Jesús honraba en la mujer la dignidad que tuvo desde siempre, en el proyecto y en el amor de Dios. En efecto, en la creación de la mujer está inscrito desde el inicio el principio de la ayuda: ayuda no unilateral sino recíproca. Ella es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer: son entre sí complementarios. La femineidad realiza lo “humano” tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria. Complementariedad no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico.

Con igual responsabilidad en el encargo de transformar la tierra, pero no con una igualdad estática y uniforme, ni siquiera una diferencia abismal e inexorablemente conflictiva, sino una relación natural según el designio de Dios. Una “unidualidad” o “unidad de los dos” como tan bellamente la llama su S.S. J. Pablo II en su carta a las mujeres con ocasión de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín en 1995.

¿CUÁL DEBE SER EL VERDADERO PAPEL DE LA MUJER EN LA IGLESIA?
Para comprender el verdadero papel de la mujer en la Iglesia, como primera medida, nos puede servir reflexionar sobre el concepto de Iglesia que tenía San Pablo. En la descripción que hace del Cuerpo de Cristo en el capítulo 12, de la primera carta a los corintios, nos dice: “Dios ha puesto cada miembro del cuerpo en el sitio que mejor le pareció” y más adelante:” los miembros que parecen más débiles, son los que más se necesitan.” Partiendo de estas premisas, pensemos qué parte del cuerpo místico de Cristo podría ocupar la mujer?

Leyendo una semblanza que hace Santa Teresita de Lisieux de este mismo pasaje encontré la respuesta. Ella dice :”Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de miembros diferentes, el más necesario, el más noble de todos, no le faltaba; comprendí que la Iglesia tenía un corazón y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Si este no existiera, los apóstoles no anunciarían más el Evangelio, los mártires no derramarían su sangre. Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones…” (hasta aquí Sta. Teresita). ¡Qué bien funcionaría el cuerpo de la Iglesia, si las mujeres comprendiéramos que somos el corazón eclesial; que lo nuestro, nuestra fortaleza, es escuchar, aconsejar, compadecer, apoyar, en fin, dar afecto, amar incondicionalmente, como sólo una madre lo sabe hacer.

Si de verdad la mujer entendiera que dándose a los otros en la vida diaria es como descubre su vocación profunda. Porque es capaz de ver al hombre con el corazón, independientemente de los diversos sistemas ideológicos y políticos. Es capaz de apreciarlo en su grandeza y en sus límites y tratar de acercarse a él y serle de ayuda.

El Papa Juan Pablo II, profundo conocedor de la sicología femenina como lo ha demostrado en su fecunda actividad doctrinal, se abre a la perspectiva más general de la realidad y de los problemas de las mujeres en su conjunto, poniéndose al servicio de su causa en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. Así lo explicita en la carta a las mujeres mencionada anteriormente (con ocasión de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1995). Allí hace (No.2) una apología de la mujer y constituyéndose vocero de la historia, agradece a cada una por lo que representa y ha representado en la vida de la humanidad.

Le da gracias a la mujer-madre que se hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz.
A la mujer-esposa, por su servicio a la comunión y la vida.
A la mujer-hija y mujer hermana, por la riqueza de su sensibilidad, intuición, y generosidad.
A la mujer trabajadora por su aportación a una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento.
A la mujer-consagrada porque expresa maravillosamente la comunión que Dios quiere establecer con su criatura.

En fin, le da las gracias a la mujer por el hecho mismo de ser mujer y la estimula hacia una mayor presencia social femenina; lo que contribuiría a manifestar las contradicciones de una sociedad organizada sobre puros criterios de eficiencia y productividad, y obligaría a replantear los sistemas a favor de procesos de humanización, para lograr así, configurar lo que él llama la “civilización del amor”.

El Papa termina diciendo que, en este horizonte de servicio, es posible acoger también, sin desventajas para la mujer, una cierta diversidad de papeles, en la medida que esto no sea fruto de imposición arbitraria, sino que mane del carácter peculiar del ser masculino y femenino. Si Cristo – con una elección libre y soberana, atestiguada por el Evangelio y la tradición eclesial – ha confiado solamente a los varones la tarea de ser “icono” de su rostro de “pastor” y de “esposo” de la Iglesia a través del ejercicio del sacerdocio ministerial , esto no quita nad14303_el_obispo_de_elphin__irlanda__con_6_diaconos__sus_esposas_e_hijos__ordenados_en_2012__en_eeuu_hay_mas_diaconos_que_en_europaa al papel de la mujer, dotada, por lo demás, de la dignidad propia del “sacerdocio común”, fundamentado en el Bautismo. Estos distintos papeles deben interpretarse con los criterios específicos de la economía sacramental , es decir, “signos” elegidos libremente por Dios para hacerse presente en medio de los hombres.

En el aspecto de complementariedad masculina y femenina, el Papa señala que en la Iglesia existen dos dimensiones imprescindibles: el principio “mariano” que se realiza plenamente en María y manifiesta muy bien, el ser mismo de la Iglesia; y el principio “ apostólico – petrino ”, que no es expresión de dominio sino de servicio.

Aclarado el verdadero papel de la mujer en la Iglesia, reflexionemos ahora sobre:

LA ESPOSA ANTE LA VOCACIÓN DIACONAL

A mi modo de ver, se puede considerar a la esposa del Diácono, como el laico que más unido está a los ministerios ordenados de la Iglesia, sencillamente porque forma una sola carne con uno de sus ministros y se beneficia de todas las gracias y dones que el esposo recibe en su ordenación con la imposición de las manos del Obispo y con su posterior labor pastoral.

En esta perspectiva, el diaconado puede convertirse para muchas de nosotras en una fuente de realización personal pero, tristemente, para otras ha llegado a ser una fuente de malestar y discordias matrimoniales y familiares. La razón es muy clara. La vocación la recibe el marido, y, si entre marido y mujer no ha existido una comunión espiritual y de compartir la relación con Dios, la esposa se ve, de repente, embarcada en un asunto que no entiende y que no le encuentra su razón de ser. Su vida se desorganiza y se siente con frecuencia sola y abandonada.

Haciendo un paréntesis, vale la pena anotar aquí que, previo al compromiso diaconal, es importante que el candidato y su esposa hayan tenido, por así decirlo, un recorrido previo de crecimiento espiritual y de trabajo apostólico en pareja.

En cuanto la aceptación del diaconado por parte de la esposa, se observan varios niveles:

Un primer nivel donde no existe ningún deseo de ella de unirse a la vocación del marido. La esposa concuerda con ser mujer de un diácono, de la misma forma como acepta casarse con un ingeniero. Se interesa igualmente por su trabajo profesional como por su servicio de diácono, más no percibe cómo puede tener parte en su formación o en su diaconía. Ve el diaconado como un mal necesario y lo acepta a regañadientes. No quiere o no puede involucrarse.

Existe un segundo nivel de mayor tolerancia, en el cual ella se interesa y se involucra parcial u ocasionalmente. Es posible que también se involucren los hijos y hasta participen en el trabajo pastoral de su padre, o por lo menos que no le recriminen su ausencia ni obstaculicen su servicio.

Hay un tercer grado de compromiso donde la esposa concuerda plenamente con el diaconado. Es como una complementariedad que existe en otras áreas de la vida de la pareja. La mujer manifiesta su consentimiento en un sí total. Asume ser la esposa de un siervo de la Iglesia y hace todo lo que esté a su alcance para promover el servicio diaconal del marido. Para ella la participación como esposa encuentra su realización y su valor absoluto en el compromiso con la preparación del marido para el diaconado, como también en el acto concreto del consentimiento al aceptar la ordenación de él.

Presentamos estos tres niveles no con el ánimo de categorizar la participación de las esposas sino con el fin de mostrar una realidad. Pensamos que a la esposa del diácono no se le debe estigmatizar, por así decirlo, sino acompañarla y estimularla para que descubra y asuma, a su ritmo, a conciencia y libremente, este acompañamiento.
Para que participe efectivamente de la vocación diaconal del marido, y no sólo la tolere. Bajo cierto aspecto, es una opción común, es un desbordamiento de la doble sacramentalidad. Una vez que el sacramento del matrimonio los hizo un solo corazón y una sola alma, no hay como excluir una común efusión de la gracia sacramental del diaconado.
La esposa será la extensión necesaria y a su modo, eficiente del servicio de Cristo en su familia y en la comunidad. La misma diaconía los une, porque, antes, fueron unidos por el mismo amor: por ello, es necesario ponerse de acuerdo y caminar juntos.

Evidentemente, existirán momentos de inquietud para ambos, particularmente para la esposa que no percibe con claridad, hasta dónde puede y debe acompañar a su marido. En estomujers casos, es fundamental que permanezcan en comunión, aunque las circunstancias pastorales los separen momentáneamente.

Las esposas debemos ser concientes de que la elección del diaconado por parte del marido, no significa una fuga del hogar ni un simple deseo de realización personal, hasta egoísta, sino un don de Dios, una nueva dimensión cristiana de la vida conyugal y familiar.

Las esposas también debemos alimentar los mismos sentimientos y participar progresivamente del proceso de formación y de madurez vocacional del marido. No podemos mantenernos al margen de la formación sino profundizar los diferentes temas propuestos.

Asimismo, los hijos no pueden tampoco permanecer indiferentes ante la nueva realidad familiar y no sentirse igualmente comprometidos con la vocación del papá. Más bien, es necesario que comprendan que el diaconado significa una nueva postura cristiana de la familia, frente a la cual no pueden ser insensibles.

El clima de corresponsabilidad podrá ser desarrollado a través de frecuentes diálogos, dentro y fuera de la familia.

El diácono, por su parte, deberá tener la capacidad de mantener el equilibrio entre los compromisos familiares y sociales y las actividades pastorales. Estas no deben absorber de tal modo su tiempo y su atención, que la familia se sienta marginada y perjudicada en su estabilidad.
POR LO DEMÁS, LOS ESPOSOS NO DEBEN OLVIDAR SU COMÚN VOCACIÓN A LA SANTIDAD.

Desde el Bautismo, todos estamos llamados a ser santos. La esposa del diácono concreta esta vocación en su papel de esposa y madre y con una exigencia adicional en su compromiso diaconal.

Así como el diácono tiene como carisma la configuración personal con Cristo siervo; el ejemplo para su esposa debe ser María, quien se llamó a si misma “esclava del Señor”.

El diácono permanente ejerce su ministerio a través de la diaconía de la Palabra, de la liturgia, de la caridad. Nosotras, las esposas, podemos acompañarlos y apoyarlos a vivir este ministerio si conocemos y amamos profundamente la Palabra y la damos a conocer: hablando de lo que ”abunda en el corazón”. Si veneramos los sacramentos y participamos activamente en los actos litúrgicos, si abrimos las puertas de nuestro corazón a todo aquel que pasa por nuestro lado, cuya existencia con frecuencia ignoramos.

La Iglesia espera de nosotras, que seamos luz y sal de la tierra y fermento de la masa. Y que demos “razón de nuestra esperanza a todo el que no lo pidiere.”

Formación de la esposa del diácono

Ser la esposa de un diácono permanente es un don, un privilegio y una responsabilidad. Conciente de esto, la escuela diaconal, desde sus comienzos, se ha preocupado por la formación integral de las esposas, como muy bien lo afirma en el folleto de las directrices: “ La formación de las esposas constituye para la Comisión Ejecutiva la preocupacdeaconión más importante, puesto que formarlas es permitir que la mujer tenga en el campo humano, espiritual, académico y pastoral los elementos necesarios para acompañar al esposo en su camino de respuesta a la vocación que el Señor le ha regalado para servir a la Iglesia.

Su presencia, formación y compromiso, garantizan una profundidad en el candidato, de frente a la obligación de formarse integralmente.”

A las esposas se nos ofrecen varias opciones de estudio: Podemos tomar una , dos o todas las materias, y en forma gratuita, del programa del Diaconado. Para las que materialmente no pueden adoptar este compromiso existe un pénsum, diseñado especialmente para nosotras. Según las Directrices: “El pénsum dirigido por la Comisión Ejecutiva, corresponde a las necesidades sentidas por las esposas y al deseo de formarse en áreas y materias que ellas asumen sistemáticamente.” Con una gama muy amplia que va desde estudios bíblicos, de dogma, moral, liturgia hasta psicología y pastoral.

Paralelo a esta formación están los talleres dominicales que se llevan a cabo una vez al mes, cuya preparación, desde hace dos años, está a cargo del Comité asesor para la formación de las esposas, con la cercana supervisión de la Comisión ejecutiva. Este comité está constituido por una esposa de cada curso, desde propedéutico hasta cuarto y por una representante de cada promoción de los diáconos (que en Bogotá, hasta el momento, son tres).

El objetivo de estos talleres es: promover y fortalecer los lazos de amistad entre las esposas de los diferentes cursos; proveer para ellas una formación espiritual, humana y religiosa, paralela al pénsum. Ofrecer un espacio donde se puedan compartir alegría, dudas y dificultades con compañeras que viven la misma experiencia.

La Comisión ejecutiva fomenta también el acompañamiento de la esposa en el trabajo pastoral del diácono: primero en la parroquia con la participación en los distintos ministerios, luego con la pastoral rural en las veredas de la Calera y finalmente en las diferentes pastorales especializadas, en las cárceles, hospitales, desplazados, etc.mujer2

Para las que hemos podido vivir esta experiencia, este es un trabajo que enriquece y une profundamente a la pareja; se convierte en un proyecto en común que dinamiza y da sentido a nuestra vida matrimonial.

Yo tuve la oportunidad y el privilegio de haber vivido todo el proceso de formación junto a mi esposo. Al principio la intención era solamente animarlo y apoyarlo en sus estudios, pero poco a poco, me fui interesando cada vez más, Quise asumir con mayor seriedad el compromiso, presentando trabajos y exámenes por mi cuenta. El estímulo que recibí de parte del director, de los profesores y de mis propios compañeros fue inmenso, tanto que me animaron a presentar y sustentar el trabajo final de síntesis.
Hoy, al haber terminado el proceso me siento plenamente realizada como mujer y como cristiana. Con un profundo sentido de Iglesia, de amor a la Palabra, a la Tradición y al Magisterio. Y con un ferviente deseo de servir a mis hermanos, especialmente a los más pobres.
Hoy me confieso una gran enamorada del Diaconado Permanente! Con la ilusión de participar en todo lo que esté a mi alcance para que éste crezca y se fortalezca cada día más.

Anuncios

Acerca de diaconofrancisco

Diácono de la Archidiócesis de Madrid.

Publicado el 28 octubre, 2014 en Esposas de diáconos. Familia.. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: