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15 de mayo San Isidro, patrón de Madrid. Su biógrafo, el diácono Juan

San-Isidro-IVLa Archidiócesis Metropolitana de Madrid está bajo el patrocinio de un santo madrileño casado y padre de familia, San Isidro Se atribuye a Juan Diácono porque el nombre de este personaje puede leerse al final de uno de los milagros póstumos fechado en 1232: Yo Juan, un humilde diácono, y muchos otros, tal como lo oímos de su boca, lo hemos contado de forma sencilla en la presente cédula.

En la vida de San Isidro hay todo un programa de humildad, de honrada laboriosidad, de piedad sencilla. Es difícil precisar toda la realidad histórica y humana de sus días. Su modesta vida podría escribirse en muy pocas líneas, de no ser tantos los milagros que se le atribuyen.

Muchas de las cosas que sabemos de San Isidro es gracias a Juan Diácono, que en el siglo XIII escribió su biografía, la “Vita Sancti Isidori”. Nos retrata a un hombre ejemplar, de buen corazón y muy bondadoso con los más necesitados. Nos presenta, también, a un hombre muy piadoso que muy a menudo tenía que soportar las burlas de sus vecinos porque cada día iba a la iglesia antes de salir a labrar el campo

Isidro nace en Madrid, algunas hipótesis hablan de que fue el día 4 de abril, en el que conmemora san Isidoro de Sevilla ya que el nombre de Isidro puede ser una contracción del nombre de Isidoro. Y siguiendo la tradición sus padres podrían haber escogido el nombre de santo del día. En lo referente al año de su nacimiento, las mismas hipótesis dicen que tenía exactamente la misma edad que el príncipe Alfonso, nieto del rey Alfonso VI el Bravo, que posteriormente reinará en Castilla con el nombre de Alfonso VII el Emperador. Si así fuera Isidro habría nacido en el año1105.

Probablemente fue bautizado en la parroquia de San Andrés, una de las pocas que los habitantes de la villa lograron salvar durante la dominación de los árabes. Bueno y piadoso, frecuenta desde su niñez el antiguo templo de Nuestra Señora de la Almudena, tan predilecta de los madrileños y que debe su nombre al encontrarse la imagen muy cerca de un depósito árabe del trigo que ellos median por almudes.488166433_orig

Hijo de humildes labriegos, ayudaría a su padre en el cultivo de las tierras, cavando, arando, o conduciendo la carreta. Siendo muy joven, unos diez años, entra al servicio del caballero Vera como peón de campo. Allí pasó muchos años de su existencia labrando las tierras, cultivando y cosechando.

Nos narra una bella tradición, para dar a entender su extraordinaria sensibilidad, que cuando Isidro siembra el trigo, nunca se olvida de lanzar algunos puñados de simiente fuera del surco para que sirvan de alimento a los pájaros y a las hormigas, que también son de Dios, como él decía: «Para todos da su Divina Majestad». Tenemos sin duda en la figura de San Isidro un avance y una auténtica plasmación del espíritu de San Francisco de Asís. Este amor a los animales también lo vemos en la narración que cuenta que un buen día de invierno, con la tierra cubierta de nieve, que Isidro fue al molino a moler trigo. Le acompaña un mozo, que lleva como él un saco a las espaldas. En un recodo del camino, Isidro ve en un árbol una bandada de palomas, hambrientas y ateridas de frío. Compadecido de ellas, limpió la tierra de nieve y desparramó de los sacos un buen puñado de trigo que saciase el hambre de las palomas. El mozo que le acompañaba se echó a reír y lo tomó por tonto por desperdiciar el trigo. Al llegar al molino los sacos de ambos, que estaban sólo hasta la mitad de trigo se llenaron de harina hasta arriba del todo.

Otro rasgo de su generosidad: cuando va al molino da a los pobres que se cruza por el camino casi todo el trigo que lleva en el costal, pero la tierra, siempre generosa por bendición del Señor, le devuelve con creces lo repartido. Tan es así, que durante sus servicios al caballero Vera, sus heredades se convierten en las más labradas, sus yuntas en las más robustas y lucidas, sus sementeras en las más abundantes y regaladas por la lluvia.

Y es ésta la causa que excita la envidia de sus vecinos, los cuales le acusan ante el amo, a pesar de los frutos cosechados, de descuidado y negligente en el cuidado de las tierras. Pero el cielo toma de su cuenta la defensa; y dice la tradición que habiendo salido un día su amo para vigilarle y confirmar la acusación de que su criado es objeto, observa desde una altura la faena del labrador, viendo sorprendido que a las horas que Isidro dedica a la oración, arrodillado a distancia de la yunta, los bueyes siguen solos arando la tierra, abriendo en ella rectos y profundos surcos.

Cuando Alí, emir de los almorávides, se apodera de Madrid. Isidro, como otros muchos cristianos, abandona la villa y se retira a Torrelodones entrando como criado a trabajar las tierras de Don Juan de Vargas. Contrae boda 2matrimonio en Torrelaguna con una joven de Uceda llamada María de la Piedad, la cual también más tarde ha de ser venerada en los altares con el nombre de Santa María de la Cabeza. Allí se vuelve a repetir la situación de la envidia de otros jornaleros y Juan Diácono lo cuenta diciendo que cierto día le soplaron al oído del amo que Isidro se levantaba al amanecer, recorría todas las iglesias para hacer oración, y por tal motivo llegaba tarde al trabajo. Juan de Vargas, ante tales acusaciones, quiso comprobar esta denuncia y al día siguiente de buena mañana se dirigió a las tierras que debía trabajar Isidro. Y efectivamente, Isidro no había llegado. Cuando lo vio venir, se fue a su encuentro encolerizado. Pero cual no fue su sorpresa cuando vio junto a la yunta del santo, otras dos de color blanco que también araban. Se acercó a Isidro a preguntarle quien le ayudaba en su tarea, ya que él lo había visto con sus propios ojos y de repente habían desaparecido. A lo que Isidro respondió sin perturbarse que sólo a Dios invocaba y tenía en su amparo. Juan Vargas comprendió que la mano de Dios estaba con su criado y menospreciando las denuncias hechas contra Isidro, puso bajo su mano todos los campos que poseía.

La profunda vida de piedad que llevan Isidro y Maria, es bendecida por Dios con varios prodigios; entre ellos se cuenta la salvación milagrosa de su único hijo, de nombre Illán, que por un desgraciado accidente había caído en un pozo y gracias a las oraciones de sus padres salva milagrosamente su vida; y el paso a pie de las aguas del Jarama, con que Dios premió la pureza de María de la Piedad, desvaneciendo de esta manera las sospechas que algunos hombres perversos habían logrado suscitar en el corazón de Isidro.

También es conocida “la olla de San Isidro”. Se cuenta que cada año se organizaba una gran comida popular donde eran invitados los más pobres y marginados de Madrid. Sin embargo, en una ocasión el número de de presentes superó lo previsto y la comida que habían preparado no llegaba ni a la mitad de los convocados. Isidro metió el puchero en la olla y la comida se multiplicó “milagrosamente”, hubo para todos y más. Es una analogía del milagro de los panes y los peces de Jesús.

Un día lo invitaron a un gran almuerzo. El se llevó a varios mendigos a que almorzaran también. El invitador le dijo disgustado que solamente le podía dar almuerzo a él y no para los otros. Isidro repartió su almuerzo entre los mendigos y alcanzó para todos y sobró.

Así mismo, hay un relato que nos dice que en un año de sequía, Isidro con un golpe de su arada hizo salir un chorro de agua del campo. Salió tanta agua de allí que pudo abastecer la ciudad de Madrid. En este lugar, en el paseo Quince de Mayo en el barrio de Carabanchel, hay una ermita donde cada año en el día de su fiesta se bendice el agua de la fuente, la misma que el santo hizo manar en tiempos de sequía. Este hecho nos recuerda a Moisés, que en el Éxodo de Egipto hacia la Tierra prometida, golpeó una piedra con su bastón y salió de ella agua para saciar la sed de su pueblo.

La fecha de su muerte, al igual que la de su nacimiento, también tiene varias hipótesis. Una de las más extendidas es la de que afirma que se produjo el 30 de noviembre de 1172, (festividad de San Andrés)y es sepultado en el cementerio de San Andrés, su parroquia. Cuarenta años después, en 1212 fue descubierto, por revelación divina, su cuerpo incorrupto.

A los casi cuatrocientos años de su muerte, el Papa Pablo V firmaba el 14 de junio de 1619 el decreto de beatificación, estableciéndose la fiesta el 15 de mayo. Finalmente el 12 de mayo de 1622, el Papa Gregorio XV lo canonizó, al mismo tiempo que los santos españoles Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y el italiano San Felipe Neri. Sin embargo la muerte del Pontífice hizo que se retrasara la expedición de la Bula de Canonización de San Isidro “Rationi Congruit” hasta el 4 de junio de 1724, firmada por el Papa Benedicto XIII.

San Isidro es patrón de Madrid desde 1212. El Papa Juan XXIII extendió su patronazgo a los agricultores y campesinos españoles por Bula “Agri Culturam” dada en Roma el 16 de diciembre de 1960.

San Isidro es el hombre del vivir sencillo, dividido pacíficamente en sus tres grandes valores: la familia, el trabajo y la oración. San Isidro Labrador nos trae un auténtico mensaje evangélico de fidelidad, de espíritu de trabajo armonizado con una intensa devoción de humildad y fortaleza en el sufrir las injusticias, y sobre todo de gran caridad para con los necesitados, a quienes diariamente hacía partícipes de su humilde comida. Da siempre una lección y un aliciente como cristiano y para cuantos ganan cotidianamente su pan con el sudor de su frente.

Delante de su sepulcro se han postrado reyes; arquitectos le han erigido templos; poetas del Siglo de Oro español, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Espinel y otros, lo han ensalzado en sus versos.

De vivir hoy Isidro Labrador, podríamos encontrarlo arando los campos con un tractor y regándolos con un aspersor. Tal vez podría estar trabajando en una cadena de montaje o en una oficina. Los tiempos cambian pero se mantiene vivo su mensaje de trabajo bien hecho, de honradez, de vida familiar, de dedicación a Dios.

San Isidro es otro de los ejemplos a imitar por su sencillez y para ver también que Jesús se sirve de los hombres para que éstos colaboren en la sociedad para hacerla más justa e igual para todos.

No debemos menospreciar la afirmación de Fita referente a que el autor del códice de San Isidro fue Juan, diácono de Madrid, al que resueltamente identifica con Juan Gil de Zamora ya que el jesuita fue uno de los mejores conocedores e investigadores de su obra, a pesar de las opiniones en contra de algún autor que afirma que dicha estaría debe atribuirse a un tal Juan, diácono que fue de la iglesia de Santa María de la Almudena y luego arcipreste de Madrid . Juan Gil de Zamora fue un gran erudito y uno de los representantes del humanismo del siglo xiii en la corte del rey Alfonso X, el sabio, para quien trabajó como colaborador en su extensa obra tanto de carácter laico como religioso. Tan sólo mencionaremos su obra religiosa dedicada casi íntegramente a la vida y milagros de la Virgen y algunos santos. Es casi seguro que trabajase a las órdenes reales compilando tradiciones marianas que luego sirvieron al rey sabio para elaborar Las Cantigas de Santa María’. Dedicado a María está el Liber Mariael donde recoge multitud de milagros atribuidos a la Virgen’. Entre las biografías de santos destacar los panegíricos que hace de San Pablo, Santiago y Santo Tomás, así como las vidas de San Apeles, santo herrero, y San Borondón, monje aventurero y viajero que vivió en el siglo vi’. Toda su obra hagiográfica forma parte de otra de carácter enciclopédico más extensa titulada De viribus flustribus, o conjunto de biografías de personajes célebres, famosos o conocidos entre los que incluye filósofos, reyes, profetas, apóstoles y santos’. En esta obra creemos se puede incluir el códice sobre los milagros de San Isidro que Gil de Zamora debió escribir o mandar componer durante su estancia en el convento de franciscanos de Madrid siendo diácono de la parroquia de San Andrés donde pudo conocer de primera mano, incluso por testigos directos, toda la tradición referida al santo labrador cuyo cuerpo se custodiaba en ontramos en París estudiando teología, regresando a Castilla al año siguiente. Esto significa que en algún momento entre 1270 y 1276 tuvo que escribir el códice. Si nos atenemos a las fechas propuestas por los especialistas para su redacción: 1271 la primera parte y 1275 la segunda, llegamos a la conclusión que poco después de ingresar en la orden de San Francisco llegó a Madrid, posiblemente destinado al convento franciscano de la villa, fue diácono de San Andrés, permaneció en Madrid algún tiempo, no mucho, pero el suficiente para mandar redactar la primera y segunda parte del códice y finalmente marcharse a París. También es posible que dejara redactada la primera parte y reiniciase la segunda a su vuelta del extranjero. En todo caso sobre las razones que impulsaron a Juan Gil de Zamora a escribir o mandar escribir los milagros de San Isidro parece que podemos apuntar dos hipótesis: Primero sabemos que el códice de San Isidro no es una obra aislada sino que forma parte de un conjunto de relatos hagiográficos más extenso escrito por Gil de Zamora para su De Viribus Ilustribus, obra de carácter enciclopédico destinada posiblemente a la educación del infante don Sancho, hijo de Alfonso X, de quien era preceptor. TRASCRIPCIN: «En Madrid, la memoria del bienaventurado Isidro, gloriosísimo confesor de Jesucristo, nuestro Señor, el cual siendo un simple labrador, fue amante de Dios, cariñoso con los hombres y estudioso e imitador muy diligente de las Sagradas Escrituras; anteponiendo no lo temporal a lo espiritual, sino lo espiritual a lo temporal; porque cada día, según lo hemos sabido por relación de hombres buenos, muy de mañana, dejando la labor del campo, visitaba muchas iglesias y rezaba en ellas, empleando además gran parte en la oración. Entretanto, trabajaban denodadamente sus vecinos en las labores; Isidro iba el último, pero a pesar de esto, por un favor especial de Dios, hacía al fin de la jornada más faena que los otros; acordándose de lo que dice el Apóstol: «Trabajad con vuestras manos, para que podáis socorrer las necesidades de los pobres» (Efesios 4, 28), y del otro consejo: «Tened siempre entre manos algún trabajo, para que el demonio os coja ocupados. > (San Jerónimo, ep. 125, ad Rusticum.) Abrasábase su alma en tanta caridad y amor de Dios y de sus prójimos, que no sólo daba de comer a los hombres (aunque no era rico); mas careciendo de todo, como si todo lo poseyera (2 Cor 6, 10), proveía de sustento a las aves del cielo, compadeciéndose del hambre y frío que padecían. Y así acaeció un día en el invierno, que estando la tierra cubierta de nieve, fue con un mozo a moler un poco de trigo al molino; y viendo posada en los árboles una banda de palomas, pareciéndole que estaban hambrientas, movido de misericordia, limpió la tierra con manos y pies, y les echó en abundancia parte del trigo que tenía preparado para su necesidad. Viendo esto su compañero, se enojó e hizo burla de él, teniendo por bobería echar a mal tanto trigo. Pero, llegados al molino, no se halló merma ninguna en el saco; antes bien, creció tanto la harina, que los sacos de ambos, que estaban sólo hasta la mitad de trigo, se llenaron de harina hasta arriba. Pero sucedió que algunos labradores de los campos vecinos, viéndole ir tarde a trabajar, dijeron a su amo: «Venerando señor, nosotros, como conocidos y súbditos vuestros, no podemos callar lo que vemos que cede en vuestro daño. Sabed “que aquel señor Isidro, a quien pagáis anualmente una soldada para que os cultive los campos, dejando el trabajo propio del labrador, se levanta al amanecer, y va en peregrinación por todas las iglesias de Madrid, deteniéndose a rezar en ellas. Y, como empieza tarde la labor, no hace ni la mitad de lo que debía hacer. Por lo tanto, de ahora en adelante no podréis quejaros contra nosotros de que no os hemos avisado lo que pasaba y lo que os conviene.» Oído esto, turbóse el amo; y al día siguiente fuese a ver lo que le habían dicho, y hallando que era verdad, se enfadó, y dirigiéndose al bienaventurado varón, tratóle mal de palabra; pero Isidro le respondió con modestia: «¡Venerando y querido señor, a quien sirvo! Os declaro ingenuamente que ni puedo ni quiero apartarme en manera alguna del Rey de los reyes y de los santos, ni de su servicio. Y si teméis que por venir yo tarde al trabajo se ha de disminuir vuestra cosecha, yo os resarciré las pérdidas de lo mío a juicio de los vecinos. Dejadme, pues, emplearme en el servicio de Dios, ya que no redunda en vuestro daño ni en perjuicio de vuestra hacienda.» Oídas estas razones, el buen amo, aunque no del todo convencido, volvió tranquilo a su casa; e Isidro que había construido su edificio sobre la roca viva (Mt 6, 24), sin inmutarse por las amenazas y cuidados, no desistió de su buena costumbre de visitar las iglesias, teniendo ante la vista aquellas palabras: «Buscad primero el reino de Dios, y no os faltará lo necesario» (Mt 6, 33). Pero su amo, queriendo enterarse por sí mismo de lo que pasaba, se puso en acecho. Levantóse un día muy de mañana, y cogiendo secretamente el camino de su heredad, se escondió cerca del campo donde Isidro había de trabajar; y viéndole venir muy tarde de su peregrinación, tuvo por demasiada su negligencia en ponerse a arar; y colérico, se fue a su encuentro, dispuesto a reprenderle acremente. Yendo el dicho caballero con mucha ira contra el siervo de Dios, dispuso la divina potencia que viese además de su yunta, otras dos de color blanco que araban junto con la de Isidro. Quedó admirado, no sabiendo cómo fuese aquello; pero recapacitando que el varón de Dios no tenía quién le ayudase, no dudó que la ayuda era del cielo. Acercóse gozoso a ver aquello, y habiendo tornado los ojos a un montecillo, cuando los volvió hacia su campo, sólo vio al siervo de Dios. Atónito ante este prodigio, interrogó modestamente a Isidro: «Te ruego, carísimo, por el Dios a quien tú sirves tan fielmente, que me digas quiénes eran los que poco ha te ayudaban a arar; pues los he visto con mis ojos, y han desaparecido ya de mi presencia.» A lo que contestó el varón justo, sabedor de lo que pasaba: «Os aseguro ante Dios, a quien sirvo como buenamente puedo, que no he llamado ni visto a nadie, para que me ayude en mi labor, sino a sólo Dios, a quien invoco constantemente y tengo siempre en mi amparo.» Quedó convencido el amo que la ayuda era del cielo, y al marchar le dijo: «Cuanto de ti me han dicho los aduladores y murmuradores lo desprecio, y de ahora en adelante quiero que todo lo que poseo en esta alquería esté bajo tu mando, y dejo a tu arbitrio lo que se ha de hacer»; y despidiéndose de él, se volvió a su casa, contando lo sucedido a cuantos encontraba. Y este milagro lo recuerdan aún hoy día muchos 3. Aconteció asimismo un día de fiesta en tiempo de verano que, habiendo entrado como de costumbre a rezar en la iglesia de Santa María Magdalena, dejó el borriquillo a la puerta. En esto entran en la iglesia unos muchachos y le dicen: «Levántese corriendo, padre Isidro, que viene un lobo a comer a su burro. • El santo varón les respondió: «Hijos, id en paz. Hágase la voluntad de Dios.» Acabada la oración, salió tranquilo y halló al lobo muerto, y junto a él ileso a su jumento. Ante esta maravilla penetró de nuevo en la iglesia para dar gracias a Dios, pues su misericordia salva a los hombres y a los jumentos. (Salmo 35, 7.) 4. Tenía el varón justo muy presente el dicho de Tobías a su hijo: «Si tuvieres mucho, da en abundancia; si poco, precíate de dar de buena gana algo de eso poco> (Tob. 4, 9). Así que era muy limosnero. Por donde acaeció un sábado que habiendo distribuido a los pobres todo lo que había en la cocina, llegó un pordiosero pidiendo le diese algo; y no teniendo a la mano otra cosa, compadecido, dijo a su esposa: «Te ruego, querida esposa, que des a este pobre lo que haya sobrado del puchero.» Ella, que estaba bien segura que no había sobrado nada, por darle contento, fuese a la cocina para traer la olla vacía. Mas el piadosísimo Dios, queriendo satisfacer los deseos de su siervo, hizo que se hallase la misma olla llena de comida. Al principio se quedó la mujer parada, pero reconociendo el milagro, dio de comer a los pobres, llena de alegría y reconocimiento. No osó declarar esto a su marido, porque sabía muy bien cuan enemigo era de la vanagloria. Mas, como a los que arden en el amor de Dios no se les puede cerrar la boca, al fin lo dijo a sus vecinos y a otras personas competentes. Y nosotros lo consignamos como nos lo narraron testigos fidedignos. 5. Isidro fue, según costumbre, hermano de una cofradía. Acostumbran los cofrades a reunirse a comer juntos un día prefijado. Llegado éste, se juntaron los hermanos; pero Isidro, como antes tenía que visitar las iglesias, llegó cuando ya. se había terminado la comida A la puerta del recinto encontró unos pobres que esperaban las sobras y los introdujo consigo. Al ver esto, algunos de los cofrades le dijeron: «Pero, varón de Dios, ¿a qué traes contigo esos pobres, si no hemos dejado más que tu ración?» A lo que replicó Isidro con paciencia: «Repartiremos lo que haya entre todos.» Entonces los que servían a la mesa fueron por la olla, a traerle la parte que se le había guardado, y la hallaron llena de carne. Espantados ante tal prodigio, callaron, para publicarlo en su tiempo oportuno, y sirvieron alegres a Isidro y a los que él había introducido; y aun sobró para repartir a otros pobres, Cumpliéndose la profecía: «A los que buscan a Dios, no les faltará ningún bien» (Salmo 33, 11 ¿). Acabada la comida, levantó el varón de Dios las manos al cielo, bendiciendo su santo nombre, rogó por los bienhechores, y despidiéndose de los presentes, se fue a la iglesia de Santa María Magdalena a dar gracias a Dios, cuya largueza había experimentado tan palpablemente en sus necesidades. Todos los que se hallaron en aquella casa, tanto los cofrades como los demás servidores, al saber el milagro, compungidos y alabando al Señor, creyeron que Isidro era verdadero siervo de Dios. Certificados, pues, del prodigio, lo publicaron por los campos y la villa, a los hombres y a las mujeres, para que todos bendijesen a Dios, que levanta del polvo al necesitado, y de la bajeza sublima al pobre, para que se siente al lado de los príncipes y tenga solio de gloria (I Reg. n, 8); lo cual experimentamos con este siervo de Dios, con quien pasó no sólo espiritual, sino también corporalmente. Su glorioso cuerpo descansa colocado en la iglesia de San Andrés, entre los gloriosos príncipes de los Apóstoles, en un sepulcro hermoso; y en el cielo está premiado con una silla de gloria perpetua en compañía de los santos. una hermosa exhortación a los de su familia, y luego, hiriendo su pecho, recogiendo sus manos y cerrando sus ojos, se entregó enteramente a su Redentor, a quien siempre había servido, y exhaló su espíritu, yendo a recibir el galardón sempiterno. Cuadra a este bendito santo lo que en la Sabiduría se dice del varón justo con esta excelente alabanza: «Al justo guió el Señor por caminos derechos, y le mostró el reino de Dios: dióle la ciencia de los santos, honróle en sus trabajos y se los completó» (10 10). Fue sepultado en el cementerio de San Andrés apóstol, cuya iglesia visitaba el Santo la última, antes de partir al trabajo Allí estuvo su cuerpo mucho tiempo, esto es cuarenta años, sin que ningún hombre lo visitara. Y estuvo tan olvidado, que en tiempo de lluvias un arroyuelo que pasaba por allí entró en el interior de la sepultura. Pero el Dios misericordioso, que cuida de sus escogidos de día y de noche, diciendo en su evangelio: «no perecerá un cabello de vuestra cabeza» (Lc. 21, 18), no consintió que pereciese ni un cabello ni un miembro de su fiel servidor.»

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Acerca de diaconofrancisco

Diácono de la Archidiócesis de Madrid.

Publicado el 17 mayo, 2015 en Noticias diaconado de Madrid. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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