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A Pedro antes de su ordenación como diácono

¡Qué poco queda Pedro para que te encuentres postrado en el suelo de la Colegiata, frente al altar y el cuerpo del santo madrileño, escuchando la letanía de los santos…”Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, …,San Isidro, ruega por nosotros…”, celebración en la que tu alma será marcada con el carácter sacramental por la imposición de las manos de D. Juan Antonio, nuestro querido obispo auxiliar, y la oración consecratoria en la que se recordará a Esteban, Felipe y los otros siete primeros a los que impusieron las manos los apóstoles. ¡Qué no te tiemble el pulso cuando, ya configurado con Cristo Siervo y revestido con la estola y la dalmática, tengas que elevar la Copa de la Salvación!

Y es que parece que fue ayer cuando nos conocimos en casa de tu compañera del CEU Mercedes,  y transcurridos unos pocos días la llamada de ella para pedirme permiso para darte mi número de teléfono, porque querías hablar conmigo para hacerme llegar tus inquietudes hacia el diaconado. Quedamos en un sitio precioso, el hogar de enfermos terminales de SIIDA de las misioneras de la caridad de la madre Teresa de Calcuta. ¿Y qué te iba a decir yo? Pues..¡adelante, no tengas miedo, vale la pena, no te arrepentirás!. Te hice ver que emprenderías un camino duro, pero que en esto notarás que “dando se recibe”, y que verdaderamente se recibe el “ciento por uno”. Lo cierto es que me sorprendió que tú reunías todos los requisitos para el comienzo del discernimiento propedéutico, incluidos el apoyo de tu mujer Alicia y de tus hijos, y el ser animado por tu comunidad parroquial, en especial por tu párroco. Todo lo anterior unido a una estabilidad laboral y un horario de trabajo compatible.

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“¡Qué no te tiemble el pulso al elevar la Copa de la Salvación”

¡Y qué bueno ha sido que hayáis formado Alicia y tú parte del grupo de tutorías que Belén y yo acompañamos! ¡Cuántos momentos compartidos! ¡Y qué modelo de matrimonio cristiano y entrega familiar que nos dais! Aprovecho para daros las gracias por tanto que nos habéis aportado como ejemplo de familia, de Iglesia doméstica y de servicio desinteresado.

Pedro, sé que la ordenación coincidirá en fechas no lejanas a la muerte de tu madre y ello hará que se empañen tus ojos por no poderla tener presente físicamente en estos momentos tan entrañables, pero ten la certeza de su presencia espiritual desde el cielo en la comunión de los santos.

Me gustaría que supieras que si hay una virtud en la que te hemos visto sobresalir es en la humildad. Prueba de ello es que no me enteré de tu extraordinario currículo, no solo de títulos (doctorado y másteres), publicaciones (más de 40) e incluso premios (Premio Ángel Herrera a la mejor labor docente 2010 y Premio Ángel Herrera a la mejor labor de investigación 2012), hasta que se te pidió la información para los ministerios de acólito-lector. También me sorprendió que trabajando en el CEU no formases parte de la AC de Propagandistas y me confirmaste que el motivo era que no querías que dicha pertenencia te sirviese de ayuda en tu carrera profesional. Y Pedro, puedo asegurar, que en el camino emprendido por ti hacia el diaconado no existen motivaciones económicas, ni de poder, ni de evasión de otros deberes, sino un deseo de servicio a Jesucristo, a su Iglesia y a los hermanos.

Por todo ello acabo exclamando ¡Qué bueno es el Señor!…por regalarnos vocaciones al diaconado como la tuya,…por regalarme a ti como amigo y ahora ya como hermano. ¡Bienvenido Pedro al número de los diáconos de Jesucristo! ¡Gloria a Dios!

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Pedro da de comulgar a su mujer, Alicia

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El cardenal Carlos Osoro abraza a Pedro después de instituirlo acólito y lector

 

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Publicado el 22 abril, 2018 en Noticias diaconado de Madrid, Noticias diaconado Iglesia de España, Ordenaciones, Testimonios y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Rafael María Calvo Forte

    Lo nuestro es SERVIR, la Tríada diaconal: la palabra, la liturgia y la caridad.
    La primera para nutrirse y poder trasmitirla. La Segunda, para vivir el misterio de la Iglesia en los sacramentos, y la tercera, es la consecuencia de las dos primeras como proyección de lo que vivimos.
    Felicidades, hermano. Ad multos annos in Domino.

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