Anuncios

“Sois elegidos, sois amigos del Señor”: D. Juan Antonio Martínez Camino s.j., obispo auxiliar de Madrid ordena a dos diáconos en la Real Colegiata de San Isidro el 5 de mayo de 2018

Homilía de D. Juan Antonio Martínez Camino s.j., obispo auxiliar de Madrid en la ordenación de dos diáconos permanentes en la Real Colegiata de San Isidro el 5 de mayo de 2018

Colegiata de San Isidro

Madrid, 5 de mayo de 2018

Vísperas del VI Domingo de Pascua

 

Queridos señor Vicario episcopal y Presidente de la Comisión para el Diaconado, don Juan Carlos; sacerdotes concelebrantes; queridos diáconos y, muy especialmente queridos Guido y Pedro, con vuestras esposas, hijos, y demás familiares; queridos hermanos todos en el Señor:

 

Estamos muy contentos de celebrar hoy, en la víspera del VI Domingo de Pascua, esta Sagrada Liturgia, en la que Guido y Pedro van a ser ordenados diáconos. Con nosotros se alegra toda la Iglesia santa que peregrina en Madrid, porque desde hoy se verá enriquecida con el ministerio de estos dos hermanos nuestros.8

Estamos felices también de celebrar precisamente aquí, en esta Colegiata, ante las reliquias de San Isidro y de su esposa Santa María de la Cabeza, veneradas desde hace siglos por los madrileños (y todo el mundo católico) y custodiadas hoy en ese preciso retablo; aquí, donde yacen en el suelo, en esos sepulcros del pasillo central, algunos obispos de Madrid: quien fue el primero de todos, don Narciso Martínez Izquierdo, junto a las gradas del presbiterio; quien fue el primer arzobispo, don Casimiro Morcillo, a la entrada del templo; y el primero que fue cardenal, don Vicente Enrique y Tarancón.

La Iglesia católica es santa y apostólica. Bien nos lo recuerdan hoy aquí las memorias de los santos patronos de Madrid y los sepulcros de estos obispos que han sido entre nosotros sucesores de los apóstoles. ¡Iglesia, santa y apostólica! Vosotros, queridos amigos Guido y Pedro, estáis llamados a servirla como diáconos, ejerciendo el ministerio de la santificación y del apostolado para el Pueblo de Dios.

1

  1. El sacramento que hoy recibís introduce un cambio muy importante en vuestro ser, en vuestra persona, porque os da parte de modo especial en el ministerio de Cristo, en el servicio que el Señor, presta a su Iglesia. Eso significa que sois objetivamente santificados, porque sois unidos de modo particular al único Santo; y significa también que estáis llamados de un modo especial a ser santos, es decir, a ser coherentes en todo vuestro sentir y actuar, con lo que realmente seréis desde hoy. Y ¿qué seréis y cuál será vuestra coherencia de vida? La Escritura Santa proclamada en este Domingo de Pascua nos lo indica: Sois elegidos, sois amigos del Señor.

2

Todos los bautizados son elegidos por Dios para salir de las tinieblas del pecado y de la muerte y para entrar en la luz maravillosa del amor divino y de la vida eterna. Pero a vosotros, queridos amigos, el Señor os ha elegido para que lo ayudéis a Él en su servicio a todos los bautizados. Sí, fijáos bien – ya lo habéis notado en vuestra formación y vuestra oración – no sois vosotros quienes lo habéis elegido a Él; es Él quien os ha elegido a vosotros (cf. Jn 15, 16). ¡Qué maravilla ! ¡Menos mal! ¡Gracias a Dios! Porque si hubiéramos sido nosotros quienes lo hubiéramos elegido a Él,  hubiéramos sido nosotros los protagonistas, los actores. Pero ¿qué podemos hacer nosotros? ¿Podríamos habernos hecho amigos de Dios? ¿Podemos? Aristóteles decía que un filósofo, un ser humano, no puede ser amigo de Dios, porque entre los amigos tiene que haber proximidad, semejanza. En cambio, entre el hombre y Dios hay una distancia y una desemejanza absolutas. Pero Aristóteles no sabía – aunque tal vez intuía- que Dios, además de ser infinito y eterno, también se hizo pequeño en el seno de una mujer y siguió bajando todavía más, hasta morir nuestra muerte en una Cruz. Es ese Dios, queridos amigos, ése es quien nos elige y nos hace amigos suyos. Ha querido morir por nosotros, darnos su sangre, para devolvernos su amistad: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (Jn 1, 4,10).3

En las horas de desánimo y de oscuridad, piénsalo, querido diácono, para no caer en la tentación del abandono, de la traición. Es Él quien te ha elegido; no eres tú: no, no te has equivocado en tu elección, elección que ni siquiera fue tuya, sino de Él. Si hubiera sido tuya, sería normal que te vinieras abajo, que no quisieras perseverar en el lío de ayudar al Redentor. Pero es Él quien te ha elegido y dado su fuerza, su gracia, parte en su misión salvadora… una misión maravillosa, pero muy combatida: contra ella batallan el mundo y tus pasiones. Pero tú eres santo, eres amigo de Dios por elección divina. ¡Puedes ser fuerte!

En las horas de ánimo y de luz, medítalo también, para no caer en la tentación de la soberbia y de la vanagloria. Eres elegido, sí, eres amigo del Novio, sí. Eres santo y llamado a ser santo. Pero sólo porque él lo ha querido. No eres tú quien lo ha elegido a Él; es él quien te elige, quien te quiere, quien hace fecunda tu vida y ministerio de un modo misterioso y divino. ¡Puedes ser humilde!

4

La meditación de esta maravilla de haber sido elegido por el Señor para ser su amigo, para compartir su misión, su cruz y su gloria, es la que hará tu vida coherente con tu santidad ministerial. Así te santificarás, al tiempo que ejerces el ministerio de la santificación administrando el bautismo y ejerciendo tu oficio de servicio al Pueblo santo.

Hoy invocamos todos aquí la intercesión de nuestros santos patronos, Isidro y María de la Cabeza, para que permanezcáis, como ellos, en el amor y la amistad de Dios, para que seáis santos y sirváis a los hermanos en el camino de la santidad.

7

  1. No hay santidad personal sin apostolado: “os he elegido – dice el Señor – y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16).

No podemos guardarnos para nosotros el don de Dios. Hemos de empeñar nuestra vida en comunicarlo. Eso es el apostolado: comunicar con nuestra vida y nuestra palabra que el Dios infinito y todopoderoso se ha hecho amigo nuestro y nos quiere a todos infinitamente, omnipotentemente: a nosotros, pequeños seres y grandes pecadores. La Iglesia está para eso. Su ser consiste en esa misión. A esta misión fueron enviados los apóstoles, son enviados sus sucesores, sois enviados vosotros. Para dar fruto y para que todos den fruto. ¿Qué fruto? Un fruto que permanezca… no cualquier fruto.

El fruto de la misión apostólica es mucho más sabroso y nutritivo que el de cualquier trabajo humano. Están muy bien los logros que ayudan a construir un mundo mejor, a organizar mejor las cosas de la sociedad, a que funcionen mejor los servicios, a que desaparezca el hambre y se repartan mejor los frutos de la tierra y del trabajo.

9

Pero nada de eso se podría conseguir de verdad sin un fruto “que permanezca”. Porque ¿qué sucede cuando no se consigue la justicia en este mundo y cuando, de hecho, tantos y tantos han muerto de hambre o asesinados? ¿Qué esperanza habrá para ellos y para la Humanidad? Todo lo de este mundo está tocado por el pecado, es fragmentario y pasa. Pero el fruto del apostolado que los amigos de Dios están llamados a producir es un fruto divino, es un fruto eterno. Es el fruto que produce el sarmiento que está alimentado por la savia divina de la vid verdadera, es decir, por la sangre de Cristo (cf. Jn 15, 1ss). Es el fruto de vida eterna que produce el grano de trigo que cae en la tierra y muere, pero germina en una cosecha copiosa, sin proporción a su pequeñez. Es el fruto más fuerte que todo lo mezquino y lo caduco, más fuerte que la muerte: el fruto de vida producido solo el Amor de quien da la vida por sus amigos, el de la muerte gloriosa de Cristo. Pero también, ¡el fruto de nuestras vidas, queridos amigos, cuando las unimos a la muerte y la resurrección del Señor! ¡Un fruto de vida eterna que transfigura la vida terrena!

10

Hoy más que nunca, el apostolado ha de producir esos frutos de Vida eterna. Porque el mundo ha arrebatado a tantos hermanos la esperanza: ¡la esperanza de la Vida eterna!. Porque tantos viven engañados por un supuesto paraíso en la tierra. Porque esa mentira seca la esperanza y hace imposible la fraternidad y la justicia.

Queridos amigos Guido y Pedro: ayudad con vuestro ministerio a los sucesores de los apóstoles a ser testigos de la resurrección, de la Vida eterna. No os conforméis con menos. Sed santos. Para que la alegría del Resucitado esté en vosotros y sea completa en su Iglesia.

Que la Madre de la Iglesia, Santa María de la Almudena, y Nuestra Señora del Buen Consejo, sea tratada por vosotros siempre con cariño de hijos. Por ella somos todos hijos y amigos de Dios. ¡Madre de la Iglesia, ruega por estos hijos tuyos y por todos nosotros! Amén

11

5

6

 

 

 

 

 

Anuncios

Publicado el 9 mayo, 2018 en Noticias diaconado de Madrid, Noticias diaconado Iglesia de España, Ordenaciones y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Rafael María Calvo Forte

    Felicitaciones y un fraternal abrazo a mis dos nuevos hermanos diáconos madrileños.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: