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Sobre la historia del diaconado por Jorge Medina, pbto.

Jorge Medina E., Pbro.
Profesor de la Facultad de Teología, U.e.
SOBRE LA HISTORIA DEL DIACONADO
A restauración del diaconado permanente en la Iglesia latina ha sido una
decisión importante del Concilio Vaticano 11.No cabe dudar de la oportunidad
ni de las ventajas de este paso trascendental; pero tampoco cabe duda
de que la comprensión cabal de la decisión del Concilio no ha sido inmediata,
y llevará un tiempo, tal vez largo y no sin vaivenes, hasta que se
produzcan la sedimentación y ajuste necesarios.
Puede ser útil cor,siderar algunos datos de cómo se ha vivido el diaconado en
la Iglesia latina. Para ello podríamos establecer tres períodos, con la relatividad, reservas
y matices que son propios de todo intento de sistematización.
El primer período va desde el Nuevo Testamento hasta el siglo X, aproximadamente.
Este primer período se caracteriza por la vigencia de un diaconado permanente,
vitalmente presente en las estructuras pastorales de la Iglesia. El segundo período
que podría situarse, también con aproximación, entre los siglos XI y XX, presenta
al diaconado más bien como un simple tránsito hacia el presbiterado: es una etapa,
generalmente breve (a veces de un solo día), hacia la única meta apetecida en el ministerio, el sacerdocio. El tercer periodo comienza con el Vaticano 11,a partir de la
promulgación de la Constitución sobre la Iglesia, el día 21 de noviembre de 1964.23.png

PRIMER PERIODO
El nacimiento del diaconado ha sido tradicionalmente identificado con la elección
de los “siete” (Hechos 6, 1ss.); pero la interpretación de ese texto no es absolutamente
segura. Sea como fuere, hay otros tres textos en el Nuevo Testamento (Filip.
1,1; 1 Tim. 3, 8 Y 12) en que se nombra este ministerio eclesial, aunque sin especificar
explícitamen~e sus funciones. En estos tres textos aparece el nombre, pero no la función,
en tanto que en Hechos no aparece el nombre, pero sí la función, o algunas de
ellas, no sóio en el texto del cap. 6, sino también en la actividad de Esteban y Felipe,
que predican, catequizan y bautizan. En 1 Tim. se detallan las cualidades de los diáconos

En la época de los primitivos Padres de la Iglesia hay numerosas menciones
de los dióconus y también indicaciones sobre sus funciones. Aparecen nombrados en
la Didaché (S. I o 11); en la venerable carta de S. Clemente Romano (Papa a fines del
S. 1) a los corintios; en varias de las cartas de S. Ignacio de Antioquía (comienzos del
S. 11); en la carta de S. Policarpo de Esmirna (comienzos del S. 11) a los filipenses; en
los escritos de S. Justino mártir (mediados del S. 11); y, lugar muy importante, en la
“Tradición Apostólica” de S. Hipólito Romano, presbítero (comienzos del S. 111), obrita
en que se contiene el primer rito conocido de ordenación diaconal.
,En esos tiempos tan antiguos, el diácono aparece como un ministerio edesial,
con funciones caritativas en favor de los pobres de la comunidad, con una participación
en la liturgia (asistiendo al Obispo y a los presbíteros), llevando la comunión a los enfermos, sirviendo directamente 0:1 Obispo y e¡ercitando el ministerio de la palabra. Su
característica es el servicio. Su papel es considerado tan importante, que S. Ignacio
de Antioquía llega a decir que sin Obispo, presbíteros y diáconos “no se puede hablar
de Iglesia”. Algunas indicaciones que se leen en S. Clemente Romano y en S. Hipólito,
permiten afirmar que los diáconos, sin pertenecer al “presbiterio”, forman parte del
clero. Pero se afirma muy nítidamente que no participan en el sacerdocio, el que se
caracteriza por el servicio de ofrecer la Eucaristía en representación de Cristo, sumo
y eterno sacerdote.
Andando el tiempo se va precisando más el oficio diaconal. En los siglos siguientes
se fortalece la idea de que los diáconos forman parte del “cuadro permanente”
del clero de cada diócesis. Su ministerio aparece como muy flexible, dentro de
sus límites. A comienzos del S. IV aparecen diáconos encargados de comunidades que
no tienen Obispo ni presbíteros, y administran en ellas el bautismo, como posiblemente
ocurría ya en tiempos de S. Hipólito, al menos a.compañando al Obispo. También
en el S. IV se les reconoce el ministerio de la predicación. En ese siglo se atribuye a
los diáconos una amplia participación en la liturgia eucarística, aunque nunca como
concelebrantes, sea dirigiendo las oraciones comunes, sea ayudando a la distribu-ción
de los dones .eucarísticos.El cuidado de los enfermos, de los pobres y de las viudas, era
un quehacer propio de los diáconos, y la historia ha conservado siempre vivo el ejemplo
del diácono mártir S. Lorenzo. En algunos casos fueron los diáconos encargados de recibir a los penitentes a la comuniÓn eclesial, pero no a título de una absolución sacramental. Hay qU1etener presente que la teología sacramental, y especialmente la de la Penitencia, no se clarificó totalmente, sino Mucho más tarde, en el S. XII, y aún después.
Un estudioso de los antecedentes patrísticos del diaconado, Mons. Carmelo Giaquinta
(argentino, actualmente Obispo), estima que una de las causas de la decadencia
del diaconado en occidente fue el haber ido prevaleciendo siempre más su actividad
administrativa, dejándose de lado su ministerio litúrgico y de predicación.
La vecindad que tenían los diáconos, con respecto al Obispo, hizo que llegaran
a ser personajes de gran influencia, con autoridad a veces superior a la de los mismos
presbíteros, cosa de la que se queja amargamente S. Jerónimo (S. IV). Su poder fue

ton grande que los “archidiáconos” se sentían menoscabados si eran ordenados presbíteros.juan garcia
En Roma eran tan importantes que durante el S. VIII o IX sucede con frecuencia
que se elige como Obispo, o sea Papa, no a un presbítero, sino a un diácono, el
cual recibe directamente la ordenación episcopal, sin pasar por la presbiteral.
En este primer período destacan dos grandes figuras de dióconos: S. Lorenzo,
auxiliar del Papa S. Sixto 11,al que acompañó en el altar, en el servicio de los pobres
y en el martirio; y S. Efrén, sirio, poeta del ministerio cristiano y Doctor de la Iglesia.
El primero, latino, del S. 111;el segundo, oriental, del S. IV.
Este primer pe~íodo, por su vecindad a los orígenes de la Iglesia, es de suma
importancia. En él se precisan ya los rasgos de este ministerio y, al finalizar, se advierten
también las causas de su decadencia posterior.
SEGUNDO PERIODO
Sobre esta época tenemos menos información, o al menos pareciera que la investigación
no ha sido tan amplia y profunda.
Una cosa es indudable: la ordenación diaconal sigue existiendo, pero cada vez
más sólo como un “tránsito” hacia el sacerdocio o presbiterado. Podemos aventurar
algunas causas de esto, aunque sin poder dar pruebas concluyentes de lo que se dirá.
A partir del S. VIII aumentan considerablemente las ordenaciones sacerdotales.
Ello, al menos en parte, por la multiplicación de la celebración del sacrificio de la S.
Misa. Siglos después, las numerosísimas “fundaciones” de Misas, que garantizan la
remuneración del sacerdote que las celebra, harán que sea permitido a cada sacerdote
celebrar hasta tres Ss. Misas cada día (S. XIII). La mal llamada “misa privada”, sin
pueblo, con sólo un ayudante, sin diácono asistente, y frecuentemente poro cumplir
con una “fundación”, se hoce muy común: no había diáconos paro asistir a cada celebrante.
Por otra parte, la misma abundancia de presbíteros hizo que éstos asumieran
numerosas responsabilidades que, en la antigüedad, eran propiamente diaconales. No
es que los presbíteros no pudieran asumirlas, teológicamente hablando, pero se debilitó
el “status” eclesial de los diáconos. Los excesos de poder de los diáconos en las postrimerías del período anterior fueron amargamente sentidos por los presbíteros, y sería extraño que los Obispos no hubieran sido sensibles a ellos.
Pero continuó habiendo diáconos más o menos permanentes. Es interesante,
desde el punto de vista ~eológico, que los cuatro principales Abades del Cister recibieron,
a fines del S. XV, del Papa Inocencia VIII, la facultad de ordenar diáconos a
sus súbditos que creyeran oportuno, y esto sin ser dichos Abades sino simples presbíteros.
La razón aducida era para que los monjes no anduvieran vagando fuera de los
monasterios, buscando quien los ordenase. Este argumento sugiere la idea de que esos
monjes diáconos lo eran con cierta permanencia. Ese privilegio estuvo en vigor durante
varios siglos. Hoy está revocado.
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El Concilio de Trento (sesión XXIII, 15 de julio de 1563) deja la impresión de
que los ministerios inferiores al presbiterado (dioconado, subdiaconado y órdenes menores) estaban en decadencia, al menos como ministerios permanentes, y quiso hacer
un esfuerzo por revitalizarlos. Dio disposiciones para la ordenación de diáconos y subdiáconos, pero no parece que esas providencias hayan tenido éxito en cuanto al restablecimiento de esos ministerios con cierta permanencia y no como mero “tránsito” al sacerdocio.
En Roma el diaconado mantuvo cierta vigencia en razón del cardenalato. Al
menos desde el S. XVIII no podía ser creado cardenal sino un clérigo que fuera al menos
diácono. Así es que algunos eclesiásticos que por su “carrera” llegaban a hacerse
acreedores del capelo cardenalicio, decidían, para poder recibirlo, hacerse ordenar
diáconos. En épocas anteriores se podía ser cardenal sin haber recibido siquiera el diaconado, como sucedió con Mazarino, cuyo cardenalato, como el de Richelieu por lo
demás, tuvo más bien orígenes políticos que méritos eclesiásticos. En el S. XIX hubo al
menos dos cardenales que no eran presbíteros y nunca lo fueron, sino sólo diáconos. El
primero fue el Cardenal Hércules Consalvi, Secretario de Estado de Pío VII. Fue un gran
hombre de Iglesia y un defensor valiente y lleno de coraje de los derechos de la Sede Apostólica frente a Napoleón. Espíritu finísimo, diplomático visionario y trabajador
infatigable. Cayó en desgracia con el advenimiento de León XII, que sólo demasiado
tardEl comprendió la vaHa de Consalvi. El segundo fue el Cardenal Giacomo Antonelli,
Secretario de Estado de Pío IX. Su figura es muy discutida, y autores serios le reprochan
falta de visión hacia los nuevos tiempos. No destacó como hombre religioso. Oí
decir a un sacerdote chileno, Mons. Aníbal Carvajal y Aspee, canónigo de Santiago
que había sido condiscípulo de Pío XII en sus tiempos de estudiante en Roma, a fines
del siglo pasado, que en esa época, cwando él era estudiante en el Colegio Pío Latinoamericano,
residía allí un Cardenal de la Curia que era simple diácono. Pero no recuerdo
el nombre.
El diácono más conocido de este segundo período, es S. Francisco de Asís. Al
menos una tíadición venerable señala que no fue nunca sacerdote, y sólo recibió el
dia,conado.
En Chile hubo, en la primera mitad de este siglo, un diácono permanente. Fue
un religioso profeso solemne del Orden de N. Sra. de la Merced, de apellido Piña.
Creo que vivió en el convento grande de Santiago, y le decían “Padre”.31727896_1854995064558243_2269231359362859008_n
TERCER PERIODO
La restauración del diaconado permanente tuvo como antecedente un movimiento
nacido en Alemania, alrededor de 1950.
La restauración fue un tema ampliamente debatido en el Concilio Vaticano 11.
Puede decirse incluso que fue muy controvertido, tanto que hubo de ser sometido a
una votación exploratoria, la cual resultó positiva a la idea de la restauración.

Los adversarios de la restauración del diaconado permanente aducían dos series
de argumentos. La primera consistía en hacer ver que ninguno de los ministerios
tradicionalmente atribuidos a los diáconos depende, en cuanto a su validez, de la ordenación diaconal. Y que, por lo tanto, bien podían concederse las autorizaciones canónicas necesarias para que laicos pudieran ejercerlos, sin conferir la ordenación
sacramental. La segunda hacía recalcar que la ordenación de diáconos casados sería
una puerta abierta para que más tarde se admitieran, en la Iglesia latina, presbíteros
casados. La primera serie de argumentos ha sido examinada teológicamente, y puede
decirse que se ha descartado su valor. No es ahora el momento de repetir ese examen.
La segunda serie recibió una respuesta tajante en el Sínodo Romano de 1971, documento
que el actual Pontífice cita con frecuencia.
La doctrina sobre el diaconado restaurado en la Iglesia latina se encuentra en
el N9 29 de la Constitución sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, aprobada por el Concilio
Vaticano 11, y ella ha sido precisada por el Motu Proprio “Sacrum Diaconatus Ordinem”,
promulgado por el Papa Paulo VI, de venerada memoria. No es el objeto
de este pequeño trabajo volver sobre la teología del diaconado. Nos limitaremos a
subrayar algunas características de este importante ministerio.

CARACTERI5TICA5 DEL DIACONADO
Lo que sigue no es más que un ensayo de delimitación. Creemos que está sólidamente
fundado y que responde tanto a la tradición antigua como a la legislación
actualmente en vigor. Pero no pretende ser exhaustivo: muchos aspectos merecerían ulterior desarrollo.
19) El diaconado es un ministerio eclesial que se comunica sacramentalmente.
El diácono, por lo tanto, es miembro del clero y, teológicamente hablando, no es un laico.
Esverdad que con frecuencia continúan desempeñando una profesión, oficio o trabajo
seculares, pero es también cierto que es posible que estén totalmente dedicados a
tareas eclesiales, y algunos lo están. Como es también cierto que hay sacerdotes que
emplean buena parte de su tiempo en quehaceres seculares, y ello es posible. Lo
que no quita que para el diácono permanente y casado las tareas eclesiales son su
“Hauptberuf” como dice el P. Rahner (= oficio principal, cualitativamente hablando)
y no sólo un “Nebenberuf” (= oficio secundario o lateral). Es cierto que el trabajo
secular, oficio o profesión, ponen con frecuencia al diácono en estrecho contacto con
los problemas de los laicos y con su medio de vida: pero él vive en esos problemas y
medio no como laico sino como ministro de la Iglesia.
291 El ministerio diaconal se estructura alrededor de: a) la pred1cadón de
la Palabra de Dios; b) la liturgia de la Iglesia; c) el servicio de la ca,ridad, y d) la
participación, variable en la medida que se la asigne el Obispo, en el gobierno o
conducción pastoral de la Iglesia. Esto es nítido tanto en “Lumen Gentium” 29, como

ne liAd Gentes” 15 y 16 Y en el Motu Proprio “Sacrum diaconatus ordinem”. El diaconado
no confiere la calidad de “super-laico” (esa calidad no existe como constitutiva
de ministerio) ni se identifica con la calidad de “líder” o “dirigente” temporal. En
un reciente discurso u homilía pronunciada por el Papa en una ordenación diaconal
(11 de abril de 1980), dijo: “Estáis llamados a conformaros más íntimamente a CristoSiervo,
y de ahora en adelante el ser discípulos suyos se expresará en el ministerio
de la Palabra, del altar y de la caridad … Recordad siempre que el servido más grande
que podéis prestar al Pueblo de Dios es anunciarle su Evangelio de salvación, dador
de vida y ennoblecedor”. Las palabras del Papa son un fiel trasunto de lo establecido
por el Concilio y por su antecesor Paulo VI. Si alguien creyera que se recibe el diaconado
para ser dirigente político o sindical, eso sería un funesto error, una sacralización
indebida y clericalismo anticuado.
39) El ministerio diaconal debe integrar en cada diácono los diversos aspectos
de su misión, como queda definida en el N9 anterior. Puede ser que la dedicación sea
variable, pero no sería admisible que uno de esos campos quedare ausente o, peor
aún, descartado. La condición de miembros del clero hace particularmente importante
que los diáconos asuman con amor la tarea de la alabanza de Dios expresada en
la forma oficial de la Iglesia que es la Liturgia de las Horas u Oficio Divino, aun
cuando ello no les esté impuesto canónicamente. En la homilía recordada anteriormente,
el Papa ha hecho hincapié en este aspecto de la vida diaconal, tan propio
del ministerio ordenado sacramentalmente.
49) El diácono debe recordar siempre que es un consagrado, es decir, un
hombre que está dedicado perpetuamente al ministerio. No lo puede dejar a voluntad,
como no lo pueden dejar tampoco los Obispos o presbíteros. Esta consagración sacramental que sello la vida hasta la muerte es un signo de la consagración de Cristo
a su Iglesia, y los fieles tienen el derecho de ver en los ministros, Obispos, presbíteros
y diáconos, lo imagen viviente de la fidelidad de Cristo, Esposo de la Iglesia. Por lo
mismo, el diácono seguirá si:empresiéndolo, aunque debo cambiar su domicilio a otra
diócesis, o aunque el Obispo le cambie sus tareas en la propia diócesis. No se recibe
la ordenación diaconal paro este cargo determinado, o para aquel apostolado especffico,
sino para el servicio de lo Iglesia, que puede exigir desplazamientos y cambios,
a veces con gran sacrificio. ‘En esta misma línea de reflexiones no le es permitido
al Obispo marginar a un diácono de toda acción eclesial propia de su ministerio,
si no es por causas que hagan gravemente nocivo su ministerio. La historia de la Iglesia
muestra claramente la paciencia que la Iglesia ha tenido con Obispos y presbíteros
que no eran dechados de pastores; el mismo criterio debe aplicarse a los dióconos.
Una cosa es la selección de los candidatos y su cui,dadosa preparación, y otra muy
distinta desconocerlos cuando ya están ordenados. Y es claro que el Obispo tiene la
responsabilidad, aunque no seo sólo de él, de sostener, orientar y animar espiritualmente a su clero, incluidos en él los diáconos.34963305_1274625492672125_3130888978186633216_n

59) El personalismo no es benéfico a la Iglesia. Los ministros tienen como
misión conducir a los fieles a Cristo, y no a formar “po’rtido·rios” suyos. La frase del
Precursor, San Juan Bautista: “es preciso que El crezca y yo disminuya”, es todo un
programa. Exige tanto la humildad del ministro cemo la adultez de los fieles. Ya
San Pablo se quejaba de las “banderías” eclesiásticas: unos decían “yo soy de Pedro;
otros, yo soy de Pablo; otros yo soy de Apolo”. La respuesta del Apóstol fue contundente:
“¿Acaso yo he muerto por vosotros?”. Si todos los ministros son servidores, ello
vale especialmente según la consta:lte tradición del diácono. ¿Qué nos puede alegrar
tanto, como saber que nuestros hermanos por nuestro modesto servicio han llegado
a ser “de Cristo”?
6″) En la ar,tiglJedad cristiana el diácono era un servidor directo del Obispo.
Es explicable: las diócesis eran pequeñas y el clero reducido. Las circunstancias han
cambiado, y hoy día los dióconos están generalmente al lado de un presbítero. Pero
los presbíteros no deberían olvidar que, salvo aquellos que han recibido una legítima
jurisdicción o potestad en el fuero externo, no tienen derecho a erigirse en superiores
de los diáconos, como si cualquier diácono, por el hecho de serlo, fuera automáticamente
súbdito de cualquier presbítero. Naturalmente si el Obispo asigna a un
diácono como auxiliar de un presbítero, como vicario cooperador, por ejemplo, ese
diácono estará fraternalmente subordinado a las orientaciones del referido sacerdote.
Pero será 3iempre del Obispo, o de su representante, de quien recibirá el diácono la
facultad de predicar, y otras, porque la cabeza de la diócesis es el Obispo. En los casos
de familias religiosas exentas de la autoridad episcopal, será el Superior, cuya
potestad viene del Papa, quien asigne tareas a los diáconos súbditos suyos. Y aunque
la historia muestra bien que el asunto presenta indudables riesgos, hay que admitir
la posibilidad de que el Obispo pudiera conferir a diáconos cierta autoridad sobre
presbíteros. Los cardenales Secretarios de Estado que fueron simples diáconos por
ordenación, tuvieron autoridad incluso sobre Obispos.
79) En cuanto a la acción polí’lica, los diáconos están, en cuanto son miembros
del clero, en la misma situación que los Obispos y presbíteros. No se ve por qué
los principios establecidos en la materia por el Sínodo Episcopal de 1971, en el documento “Sobre el sacerdocio ministeriol”, 2° pOi ” N9 2, letra b), con respecto a los
presbíteros, no se apl:carían también a los Obispos y diáconos. Si no se les mencionó
expresamente, ello fue porque el tema del Sínodo eran los presbíteros. Citamos un
texto capital: “En aquel:as c:r:unstailcias en que se presentan legítimamente diversas
opciones políticas, sociales o económicas, los presbíteros, como todos los ciudadanos,
tienen el derecho de asumir sus propios op:iones. Pero como las opciones políticas
son contingentes por naturaleza ‘1 1″‘0 expresan nunca total, adecuada y perennemente
el Evangelio, el presbítero, testigo de las cosas futuras, debe mantener cierta
distancia de cualquier ca’-go o compromiso político … Hay que procurar que su opción
no aparezca ante los cris:;anos como la única legítima o que se convierta en motivo
de división entre los fieles. “‘!o olviden los presbíteros la madurez de los laicos, que
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ha de tenerse en gran estima cuando se trata de su campo específico. El asumir una
función directiva (liderazgo) o ‘militar’ activamente en un partido político, es algo
que debe excluir cualquier presbítero, a no ser que en circunstancias concretas y excepcionales, lo exija realmente  bien de la comunidad, obteniendo el consentimiento
del Obispo, consultado el Consejo presbiteral y -si el caso lo requiere- también la
Conferencia Episcopal”. Es sabido que últimamente el Santo Padre ha dispuesto el
alejamiento de sacerdotes de cargos políticos. Examinando los argumentos en que se
fundan las disposiciones del Sínodo, se ve que son perfectamente aplicables a los diáconos, pues no arrancan exclusivamente de la especificidad presbiteral, sino de la naturaleza del ministerio. Sería un error considerar a los diáconos como habilitados para
acciones que no deben ejercitar los presbíteros, y lo confirma el Documento de Puebla.
Conviene releerlos números del 507 al 530. Citamos: N° 524: “La política partidista
es el campo propio de los laicos (GS 43L Corresponde a su condición laical el
constituir y organizar partidos políticos, con ideología y estrategia adecuada para
alcanzar sus legítimos fines”. N’? 526: “los Pastores, por el contrario, puesto que deben
preocuparse de la unidad, se despojarán de toda ideología político-partidista que pueda
condicionar sus criterios y actitudes. Tendrán, así, libertad para evangelizar lo
político como Cristo, desde un Evangelio sin partidismos ni ideologizaciones … “.
N’? 527: “Los sacerdotes, también ministros de la unidad, y los diáconos, deberán someterse a idéntica renuncia personaL Si militaran en política partidista, correrían el
riesgo de absolutizarla y radicalizarla, dada su vocación de ser ‘jos hombres de 10
absoluto’ (y cita, a continuación el texto del Sínodo de 1971)”. No es necesario ser
un teólogo muy perspicaz para advertir que el Documento de Puebla coloca decididamente a los diáconos en el campo del clero, y de sus propias responsabilidades y misión, y no en el campo laical, como no podía menos de ser, atendida la más que milenaria tradición de la Iglesia.
Digamos, a guisa de resumen, que el diácono es miembro del clero, ministro
de la Iglesia en su misión propia, y portador de por vida del carácter de signo de la
consagración fiel y total de Cristo a su Iglesia.

CONCLUSION
Esta rápida ojeada a algunos hitos históricos, a la tradición patrística y a las
normas canónicas que delinean la figura del diácono, deberían ~er una invitación a
profundizar en el conocimiento y reflexión sobre una realidad eclesial que hoyes viva
y promisoria.
Esa reflexión incumbe en primer lugar a los Obispos, puesto que sobre ellos
pesa la responsabilidad de discernir la vocación diaconal y de ordenar para siempre
a los candidatos que les parezcan tener las condiciones que pide la Iglesia para el
desempeño de este ministerio.

Incumbe también a los presbíteros, que deben ver en los diáconos no una especie
de servidores suyos y suplentes que les alivien en el ministerio, sino como hermanos
que comparten una buena parte de sus responsabilidades, y cuyo humilde servicio
puede ser con frecuencia un testimonio muy fecundo de la modestia y anonadamiento
de Cristo, que alguna vez en la Escritura es también llamado “diácono” (Rom 15,8).
y toca, en forma muy personal, a los candidatos al diaconado y a los diáconos
ya ordenados para discernir, los primeros, los motivos de su ofrecimiento a la Iglesia
y para ajustar, los segundos, su ministerio a lo que verdaderamente debe ser. .
Ni deja de tocar a los laicos, para saber pedir a los diáconos lo que de ellos
tienen derecho a recibir, y para no pedirles lo que a ellos no les compete dar.

Repositorio

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Publicado el 19 julio, 2018 en Formación diaconal. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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