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El diaconado, un carisma propio

«El diácono permanente se apoya en el trípode liturgia, palabra y caridad»rt.png

Constituyen un carisma en pleno resurgimiento dentro la Iglesia católica desde su restauración, hace medio siglo, por parte del Concilio Vaticano II. Pueden bautizar, casar, predicar y oficiar las exequias, pero también —y sobre todo— contribuir con toda la
obra evangelizadora, catequética y caritativa. Es una realidad eclesial con un carisma propio: un misterio de la Iglesia que se revela como escalón más bajo del orden al servicio del obispo y del presbiterio y se apoya en el trípode liturgia, palabra y caridad. Y hasta, llegado el caso, estar al frente de una parroquia si no hay un sacerdote. Son los diáconos permanentes. Siguiendo la legislación universal, la Conferencia Episcopal Española solicitó a la Santa Sede el 23 de abril de 1978 la restauración del diaconado permanente en las diócesis. Este año se cumple el 40 aniversario de aquella solicitud. Ya son 47 las diócesis que lo tienen instaurado, siendo Barcelona la que en 1979 ordenó
los primeros diáconos en España. Según datos de 2017, hay 447 diáconos permanentes y el crecimiento de las cifras va en aumento.uyouio.png

En el mundo suman cerca de 50.000, de lo que se desprende que uno de cada 10 clérigos católicos es diácono permanente. Hablamos con Juan Carlos Mateos González, director de la Comisión Episcopal del Clero, de la que depende el Comité Nacional para el Diaconado Permanente, que nos explica que la historia de los diáconos permanentes se remonta a los orígenes de la Iglesia. La existencia de los diáconos en la Iglesia ya está documentada en los tiempos apostólicos.
Una tradición ya consolidada ha visto el comienzo del diaconado en la institución de los «siete», tal y como nos la cuentan los Hechos de los Apóstoles (6, 1-6): «Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: “No parece bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo, mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra”». Los Santos Padres atestiguan ya desde el principio una estructura jerárquica de la Iglesia en la que aparece el diaconado.cerr

Para san Ignacio de Antioquía, por ejemplo, era impensable una Iglesia sin obispo, presbítero y diácono. Señala cómo el ministerio del diácono es el ministerio de Jesucristo: «No son diáconos para comidas o bebidas, sino ministros de la Iglesia de Dios». Los diáconos, como ministros ordenados, estuvieron presentes en la Iglesia occidental hasta el siglo V; después, por razones diversas, terminó por desaparecer en su «grado permanente», quedando solamente el diaconado como una etapa intermedia de cara a la ordenación sacerdotal. En la Iglesia de Oriente, no desapareció y se mantuvo durante siglos. Tras su desaparición, ya el Concilio de Trento dispuso que el diaconado permanente fuese restablecido, como en la
Antigüedad, pero fue un intento baldío, y no encontró una actuación concreta. Mateos explica que «ha sido el Concilio Vaticano II el que ha determinado que “se pueda restablecer el diaconado como grado propio y permanente de la Jerarquía… y podrá ser conferido a los varones de edad madura, aunque estén casados, y también a jóvenes idóneos, para quienes debe mantenerse firme la ley del celibato”» (LG 29). Existen tres razones que han determinado esta postura, pues se ha querido, primero, enriquecer a la
Iglesia con las funciones del ministerio diaconal; segundo, reforzar con la gracia de la ordenación diaconal a los que ya ejercían funciones diaconales; y además, aportar ministros sagrados a regiones que sufrían la escasez de clero. «Como se ve, estas razones ponen de manifiesto que la restauración del diaconado permanente no pretende en ningún momento comprometer el significado y la función del sacerdocio ministerial».
¿Cómo se inicia el camino hacia el diaconado permanente? Este carisma del laico se gesta en la parroquia, muchas veces es el mismo párroco el que detecta esa potencialidad
para el ministerio diaconal y lo presenta. La formación se realiza en tres etapas. Una introductoria, que consiste en un tiempo de discernimiento en el que se reflexiona sobre el significado de su vocación diaconal. Otra de formación, que son tres años de preparación teológica, pastoral, espiritual y comunitaria. Y por último la de pastoral, que se convierte en un tiempo de inserción pastoral recibiendo los ministerios laicales de lector y acólito. ¿Y quién está llamado a este carisma? Mateos nos aclara que el diaconado permanente constituye, una vocación estable y un importante enriquecimiento para la misión de la Iglesia. «Ahora bien, la desaparición casi total del diaconado permanente en la Iglesia de Occidente durante más de un milenio, ha hecho
más difícil la comprensión eclesial y teológica de la realidad de este ministerio y esta vocación. No por ello se puede afirmar que la teología del diaconado no tenga referencias bíblicas y patrísticas autorizadas. Las referencias existen, y son muy claras, aunque necesiten ser posteriormente desarrolladas y profundizadas». La Iglesia aconseja que «los diáconos, con el obispo mismo o su delegado, se reúnan periódicamente para verificar el ejercicio del propio ministerio, intercambiar experiencias, proseguir la formación, estimularse recíprocamente en la fidelidad», por eso anualmente se tienen los Encuentros nacionales de Diáconos Permanentes y sus esposas. Y participan también los aspirantes a recibir esa gracia, pues «estos encuentros entre diáconos permanentes pueden constituir un punto de referencia también para los candidatos a la ordenación diaconal». El ministerio del diácono se puede resumir en un triple ministerio o diaconía: de la liturgia, de la palabra y de la caridad. El diácono «es maestro, en cuanto proclama e ilustra la Palabra de Dios; es santificador, en cuanto administra el sacramento del Bautismo, de la Eucaristía y los sacramentales, participa en la celebración de la Santa Misa en calidad de «ministro de la sangre», conserva y distribuye la Eucaristía; «es guía,
en cuanto animador de la comunidad o de diversos sectores de la vida eclesial». De este modo, el diácono asiste y sirve a los obispos y a los presbíteros, quienes presiden los actos litúrgicos, predican el Evangelio y guían al Pueblo de Dios. Los diáconos permanentes, en su mayoría casados, pueden ofrecer un testimonio elocuente de la santidad del matrimonio y la familia. Cuanto más crezcan en el mutuo amor, tanto más fuerte llegará a ser su donación a los hijos y más significativo será su testimonio ante
la comunidad cristiana. La esposa del diácono, que ha tenido que dar su consentimiento por escrito antes de la ordenación del marido, también vivirá su papel con alegría, apreciando la misión que la Iglesia confía a su marido. Es una «vocación emergente que va cobrando fuerza en nuestras iglesias diocesanas». Testimonio cristiano Hay que aclarar que los candidatos pueden ser hombres casados, mayores de 35 años, con 5 años al menos de matrimonio estable, que han dado testimonio cristiano en la educación de los hijos y la vida familiar. Miembros pertenecientes a institutos religiosos, o miembros de institutos seculares, mayores de 25 años viviendo en celibato. Deben poseer madurez humana y cristiana, amor a la Iglesia y espíritu de oración, además de capacidad para el diálogo, sentido moral y de responsabilidad.com

El diácono tiene que estar dispuesto a continuar viviendo de su propio trabajo en la vida civil o religiosa e insertos en la vida común de la gente,siendo testigos cualificados de la vida cristiana. Su matrimonio tiene que ser anterior al acceso al diaconado permanente, y si enviudase, no puede volver a casarse. También un soltero puede ser diácono permanente, pero deberá ser célibe.
El Magisterio del Pontífice El Papa Francisco escribió palabras concretas sobre el diaconado permanente en el libro de Enzo Petrolino, presidente del Diaconado Permanente de Italia. El texto recopila intervenciones de Jorge Bergoglio, cuando aún era arzobispo de Buenos Aires,sobre el diaconado durante el curso de su ministerio episcopal en Argentina. El Papa señala que en el Concilio Vaticano II «el diaconado permanente ha reencontrado las raíces de su presencia en la comunidad de los creyentes y en el más amplio tejido social, adquiriendo de una parte conciencia del propio rol de servicio a Cristo y a los hombres, y recibiendo, de otra parte, un nuevo impulso de las orientaciones que el Magisterio ha dado a lo largo de estos años a la común reflexión eclesial». La Iglesia encuentra en el diaconado permanente, puntualiza el Pontífice, «la
expresión y al mismo tiempo el impulso vital para hacerse ella misma signo visible
de la diaconía de Cristo Siervo en la historia de los hombres». Por ello, es importante señala el Papa, la sensibilidad en la formación de una «conciencia diaconal» que puede considerarse el motivo de fondo que debe penetrar en las comunidades cristianas.
Otro aspecto importante, puntualiza el Santo Padre, es aquel de la oración por las vocaciones. También hoy —agrega— la comunidad cristiana debe estar siempre presente en el germinar de las vocaciones, en su formación y en su perseverancia. El servicio que da la Iglesia «tiene su corazón pulsante en el Ministerio Eucarístico y se realiza ante
todo en el servicio de los pobres que son el rostro de Cristo sufriente», recuerda el Pontífice. A lo largo de las etapas del camino diaconal, evidencia el Papa Francisco, a
lo largo de estos años, el magisterio pontificio ha dejado una huella al mismo tiempo clara y motivadora en el signo de la obediencia fiel y de la alegría que debe acompañar la misión del diácono en la Iglesia y en el mundo de hoy, amplificando las orientaciones indicadas por el Concilio y alargando los horizontes de acción. El Papa Juan Pablo II definió a los diáconos como pioneros de una nueva civilización del amor, y con ese ánimo, todos debemos acoger el ministerio diaconal como parte integrante del trabajo
de nuestra Iglesia, que camine en salida hacia un nuevo apostolado que cale en el mundo de hoy.

¿Podrá haber en un futuro mujeres diaconisas?

El Papa Francisco creó en agosto de 2016 una comisión compuesta por doce teólogos y teólogas que estudian el «diaconado de las mujeres sobre todo respecto a los primeros tiempos de la Iglesia». La preside el jesuita mallorquín Luis Ladaria, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y aunque en su constitución no incluye la palabra «diaconisas», el Papa instituyó esta comisión después de «intensa oración y madura reflexión» para que aclare el papel de las mujeres en este servicio. Entre los miembros hay dos españoles: Nuria CalduchBenages, biblista y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, y el jesuita Santiago Madrigal Terrazas, profesor de Eclesiología en la Universidad Pontificia Comillas. La Comisión Teológica Internacional publicó en 2003, en tiempos del cardenal Joseph Ratzinger, un documento sobre el diaconado que dedicaba varios capítulos a las diaconisas. Aquel texto confirmaba que «en la época apostólica parecen tener un carácter institucional diversas formas de asistencia diaconal ejercidas por mujeres», pero que «este ministerio no fue considerado como el simple equivalente femenino del diaconado masculino». Entre las obligaciones que correspondían a las «diaconisas» estaba la unción corporal de otras mujeres en el bautismo, instruir a otras mujeres, o cuidar y visitar a las enfermas que vivían solas. No obstante, hay que recordar que en referencia a la ordenación de las mujeres, el Papa Francisco ha dicho «No», remitiéndose siempre a la carta apostólica del Papa Juan Pablo II Ordinatio Sacerdotalis sobre la ordenación sacerdotal reservada solo a hombres, del año 1994. Durante la rueda de prensa a bordo del avión de regreso de Brasil, en julio de 2013, añadió: «Sobre esto quiero decirle algo. La Virgen María era más importante que los Apóstoles, los obispos, los diáconos y los sacerdotes. La mujer, en la Iglesia, es más importante que los obispos y los sacerdotes; el cómo es lo que debemos intentar explicitar mejor, porque creo que falta una explicitación teológica de esto».
Sara de la Torre en Revista ECCLESISA

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Publicado el 21 diciembre, 2018 en Formación diaconal, Noticias diaconado Iglesia Universal. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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